El “tango alegre” e inédito de Borges se hace libro

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El tango no es triste, ni popular, ni arrabalero. O bien cuando menos no nació de este modo. “El tango brota de la milonga, y es al comienzo valiente y feliz. Y después va languideciendo y entristeciéndose”. Lo cuenta alguien con la autoridad de haber nacido prácticamente al tiempo que la escuela de tango: Jorge Luis Borges. Por poco probable que parezca, el escritor argentino, nacido hace ciento diecisiete años y fallecido hace treinta, todavía tiene obra nueva. Y se termina de publicar en España: El tango, 4 conferencias (Lumen). En ella hace un recorrido por la historia de una música que identifica en el planeta a su país.

La génesis de esta obra daría para un cuento, la especialidad del argentino: el escritor dio unas conferencias sobre las clases de tango en mil novecientos sesenta y cinco en la ciudad de Buenos Aires, que son prácticamente un tratado que mezcla erudición, sabiduría popular y humor para charlar no solo de la música sino más bien sobre todo de su urbe, de Argentina, de la vida de esos “guapos” (pendencieros) que protagonizan las letras tangueras.

Esa sabiduría que gozaron solo los asistentes se habría perdido si no fuese por el hecho de que alguien las grabó, y prácticamente cincuenta años después esas cintas de casetes llegaron por una carambola al escritor Bernardo Atxaga, que las arregló y las donó a fin de que, dieciseis años tras escucharlas por vez primera, se hayan transformado en un libro único.

Leyéndolo uno puede imaginar a un Borges guasón que se anima aun a cantar con tono varonil frente al público para desacreditar a Gardel, a quien culpa de haber perturbado el espíritu de la música. “El tango no es triste, melancólico, nostálgico, quejica. El tango es alegre”, se desgañita. “Gardel tomó la letra del tango y la transformó en una breve escena trágica, en la que un hombre descuidado por una mujer se protesta, en la que se habla de la decadencia física de una mujer”, se enoja. Asimismo rechaza la tesis de que al tango lo hicieron quejica los emigrantes italianos. “No puedo admitir esa teoría racista de que el tango fue pendenciero, por el hecho de que era criollo, y después se apenó en el distrito italiano de La Boca”.Jorge Luis Borges posa en 1979, en Paris.

“A Borges le agradaban los tangos de la guarda vieja, los que había escuchado en su niñez, por el hecho de que no eran patéticos. Tenían letras alegres, zorrillas. Él creía que Gardel lo había arruinado”, explica María Kodama, viuda del autor, que prosigue protegiendo su obra si bien ignoraba la existencia de estas conferencias hasta el momento en que Atxaga se las pasó a César Antonio Molina y este las compartió con ella para confirmar que eran genuinas.

Kodama asegura que el escritor no escuchaba mucho tango mas le maravillaba el origen de la música que marcó su niñez. Borges nació en mil ochocientos noventa y nueve y en sus conferencias pone en mil ochocientos ochenta la creación de la nueva música.

Acercarse a Borges con ideas preconcebidas es peligroso. Lo más probable es que las desmienta todas y cada una y lleve al lector a sentirse un ignorante. Lo va a hacer sutilmente y sentido del humor, mas con efectos asoladores. Asimismo sucede con el tango. No solo no era triste. Tampoco popular. No brota en los distritos bajos, sino más bien en los prostíbulos, las “casas malas”, donde había “compadritos”, de origen humilde, mas asimismo “niños bien” buscando diversión. “Los primeros tangos se tocaban con piano, flauta y violín. Después se añadió el bandoneón, de origen alemán. Si el tango hubiese sido orillero, popular, entonces el instrumento habría sido el instrumento popular por excelencia: la guitarra”, asegura.

Eso explica, conforme el escritor, por qué razón al comienzo solo se bailaba entre hombres. “A inicios de siglo, siendo chaval, vi a parejas de hombres bailando el tango, afirmemos al carnicero, a un carrero, quizás con un clavel en la oreja alguno, bailando el tango al compás del organito. Por el hecho de que las mujeres conocían la raíz vil del tango y no deseaban bailarlo”.

El tango era algo escondo, furtivo. Hasta el momento en que llegó a París, la urbe a la siempre y en todo momento miró Buenos Aires. “Contrariamente a esa suerte de novela sentimental que han hecho los largometrajes, el pueblo no inventa el tango, no impone el tango a la gente bien. Ocurre lo opuesto. Y después los pequeños bien, patoteros, que eran gente de armas llevar, o bien de puños llevar, por el hecho de que fueron los primeros púgiles del país, lo llevaron a París. Y cuando el baile fue aprobado y aseado en la ciudad de París, entonces el Distrito Norte, afirmemos, lo impuso a Buenos Aires”, cuenta Borges.

Mas el tango es sobre todo una disculpa para charlar de una Argentina desaparecida y contar anécdotas que explican más que los libros de historia. De esa vida de los guapos que matan y mueren solo para sostener su fama de valientes, obligados a admitir cualquier duelo. Y de un país que medraba y sorprendía al planeta. Y ya está en mil novecientos sesenta y cinco la melancolía de la ocasión perdida que todavía invade todo en Argentina.

Es la condena del ánima argentina, que vive lamentando lo que pudo haber sido y no fue y confortándose con la idea de que está condenada a un éxito que jamás llega. Borges habla de mil novecientos diez, el instante de la expansión mundial del tango, y afirma que entonces Buenos Aires “era la capital de un país creciente, donde la pobreza era una cuestión de una generación, a lo sumo”. En mil novecientos sesenta y cinco ya se ve su añoranza al charlar de “ese país que fuimos hasta hace poco”. cincuenta años después, la discusión es afín. De ahí que Borges aconseja cobijarse en la música. “El tango nos da a todos un pasado imaginario, todos sentimos que, de una forma mágico, hemos fallecido peleando en un rincón del suburbio”.

julio 19th, 2019 by